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Tabarca: la isla amurallada frente a Alicante

A media hora en ferry desde Santa Pola: 30 hectáreas, murallas barrocas y la primera reserva marina de España. Un sueño despierto frente a Alicante.

18 de abril de 20266 min de lectura
A long, narrow island with green vegetation and rocky terrain.

El ferry deja Santa Pola y, en menos de media hora, la costa se encoge a tu espalda. Aparece una línea baja, blanca, acariciada por el viento de poniente. Eso es Tabarca. Mil ochocientos metros de largo por cuatrocientos de ancho, treinta hectáreas de roca plana a quince metros sobre el mar. La isla habitada más pequeña de España y, desde 1986, la primera reserva marina del país.

Se llega casi siempre desde el puerto de Santa Pola en catamarán, unos 25 o 30 minutos con visión submarina en el tramo final. En temporada alta también salen barcos desde el puerto de Alicante, con trayectos de entre 45 y 60 minutos. Desembarcas, subes tres peldaños del muelle y la escena cambia: menos ciudad, menos prisa, el tiempo en otra velocidad.

Un rescate que fundó un pueblo

La historia de esta isla empieza en otra, a más de mil kilómetros, frente a la costa de Túnez. Allí, desde el siglo XVI, familias genovesas traídas por los Lomellini vivían de la pesca del coral rojo. En 1741 el bey de Túnez tomó el enclave y, poco después, los corsarios de Argel convirtieron a los pescadores en cautivos. Permanecieron prisioneros durante décadas.

En 1768, gracias a la mediación de la orden mercedaria, Carlos III pagó el rescate de casi trescientos de aquellos genoveses. Cruzaron el Mediterráneo, pasaron por Cartagena y Alicante, y en 1770 fueron instalados en la entonces llamada Isla Plana, rebautizada como Nueva Tabarca en recuerdo de la patria tunecina. El conde de Aranda promovió las viviendas, el rey ordenó levantar murallas para que el nuevo pueblo no volviera a caer bajo corsarios berberiscos, y la isla encontró a sus primeros habitantes. Apellidos todavía vivos en el censo, Chacopino, Parodi, Manzanaro, Luchoro, son el eco fonético de aquella travesía.

Murallas, torre y parroquia

El casco amurallado ocupa el tercio occidental de la isla. Tres puertas barrocas, San Rafael, San Gabriel y San Miguel, abren el perímetro. Dentro, calles rectas de trazado dieciochesco, casas bajas encaladas, un par de plazas y la parroquia de San Pedro y San Pablo, bendecida en 1770 y concluida en 1779. Es un templo de nave rectangular con capillas laterales y un aire sobrio, casi militar, que no engaña: bajo el suelo hay galerías abovedadas que servían de refugio.

Fuera del recinto, en el llamado Campo, se alza la Torre de San José, otra fortificación del siglo XVIII que llegó a usarse como prisión en el siglo XIX. Un poco más allá, el faro sigue encendido, guía de los pesqueros que faenan de noche. El conjunto fue declarado Sitio Histórico Artístico el 27 de agosto de 1964, uno de los primeros reconocimientos patrimoniales de la provincia. En los últimos años el Ayuntamiento de Alicante ha ido comprando el Campo extramuros para que toda la zona exterior a la muralla quede bajo titularidad pública y bajo un Plan Especial de protección.

La primera reserva marina de España

En 1986 las aguas que rodean Tabarca fueron declaradas reserva marina de interés pesquero. Fue la primera del país y sentó el modelo para las que vinieron después, en Columbretes, Cabo de Palos, Cabo de Gata o Formentera. La reserva cubre mil cuatrocientas hectáreas alrededor del archipiélago, con profundidades que van de cero a cuarenta metros.

Bajo el azul transparente crece una inmensa pradera de Posidonia oceanica, la planta endémica del Mediterráneo que ocupa cerca del ochenta por ciento del fondo protegido. No es un alga: es una planta superior, con raíces, hojas y flores. Oxigena el agua, estabiliza la arena, retiene carbono y ofrece refugio a meros, sargos, dentones, barracudas, doradas y pulpos. La visibilidad en calma puede superar los treinta metros, y por eso Tabarca es uno de los destinos de referencia para el buceo mediterráneo.

La pesca tradicional sigue viva. La pequeña flota artesanal tabarquina, con sus barcos tipo bussa, trabaja el perímetro exterior de la reserva con trasmallos y palangres selectivos. Los científicos lo llaman efecto reserva: al proteger el núcleo, los peces crecen, se reproducen y se desbordan al exterior, donde los pescadores sí pueden faenar. Cuatro décadas de seguimiento lo confirman, y son un argumento recurrente cuando se discute cómo gestionar otras zonas costeras del Mediterráneo.

El sabor del caldero tabarquino

Si llegas a la hora de comer, busca caldero. Es la receta que los descendientes de aquellos pescadores genoveses trajeron, adaptaron y siguen defendiendo en los pocos restaurantes del casco. Se sirve en dos vuelcos. Primero, el pescado de roca hervido en un caldo denso, acompañado de patata y un all i oli pungente. Después, el arroz cocido con el fondo concentrado del mismo caldo, graso, profundo, con el yodo pegado a los dientes.

Se come despacio, bajo una parra o al borde del muelle, mientras los niños se tiran al agua desde la pasarela. En Tabarca toda comida termina siempre mirando al mar.

Cómo llegar y cuándo ir

La mayoría de los viajes salen de Santa Pola, a menos de veinte kilómetros del centro de Alicante. Los catamaranes con fondo acristalado ofrecen una visión submarina breve justo antes de entrar en el puerto, y las travesías rondan los diez euros por trayecto. En verano conviene reservar: a mediodía, la capacidad se agota. En mayo y septiembre la isla se respira mejor, con agua a buena temperatura y sin bullicio.

Dormir una noche

En invierno quedan cerca de cincuenta residentes permanentes. En julio y agosto la cifra se multiplica por veinte. Hay un par de hoteles pequeños, un hostal histórico y un puñado de alojamientos rurales dentro y fuera de la muralla. Quien duerme una noche descubre otra Tabarca: la que empieza cuando el último ferry se va, cuando las calas se vacían y solo quedan el viento, las gaviotas, el rumor del faro y las luces lejanas de Santa Pola en el horizonte.

Para quien vive en la provincia, Tabarca no es un destino exótico: es un lujo doméstico. Una mañana libre, un termo de café, el primer catamarán y ya estás en otro tiempo. La vida en la Costa Blanca tiene estas puertas laterales. Abrirlas es lo que la convierte en un sueño despierto.

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Fuentes

Foto de Julius Hildebrandt en Unsplash

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